La confianza se ha esfumado. Y con ella, el entusiasmo que despertó Barack Obama en 2008, cuando irrumpió fuertemente en el escenario político planetario tras vencer a la gran candidata, Hillary Clinton, en las primarias del Partido Demócrata.

Las circunstancias (básicamente, una retórica pacifista opuesta a la prédica belicosa de los halcones republicanos que acompañaron a George Bush en sus dos administraciones) crearon un aura alrededor de Obama que duró lo que duran las lunas de miel: los hechos -y las omisiones- ocurridos en dos años y medio de Gobierno han roto el idilio edificado sobre la promesa de grandes reivindicaciones. Entre ellas, la esperanza de que él sería capaz de reconciliar a Estados Unidos con la comunidad internacional.

Este giro se antoja cada vez más lejano e inalcanzable. Su última intervención en la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha profundizado la decepción. El choque frontal contra el clima favorable al reconocimiento del Estado Palestino, y la subestimación del papel de la ONU en la consecución de la paz entre Israel y Palestina han confinado a Obama a una parcialidad incompatible con el rol de mediador.

La cuestión desborda al mandatario estadounidense, que se ha mostrado tan impotente para precipitar un acuerdo entre las partes como para presentar una nueva iniciativa, para limitar la influencia israelí sobre la posición de EEUU y para impedir que Mahmud Abbas, presidente de la Autoridad Palestina (AP), despliegue exitosamente la estrategia de involucrar al mundo en el histórico reclamo territorial de su pueblo.

La alternativa de Sarkozy

Estados Unidos, por su parte, ha fortalecido su alianza con Israel a costa de interpretar un papel de villano que crea serias dudas sobre la calidad de su futura participación en el conflicto insignia de Oriente Medio: el mandatario francés, Nicolas Sarkozy, fue el primero en pedir un cambio cuando reconoció en la ONU -apenas unos pocos minutos después del discurso de Obama- que el abordaje diplomático implementado no ha funcionado.

El mensaje de Sarkozy ha acentuado el aislamiento de Obama, que llegó a la Casa Blanca con el propósito de resolver de una vez -y para siempre- el doloroso enfrentamiento en Tierra Santa. Con esa determinación, el líder demócrata arriesgó en 2010, durante la sesión 65 de la Asamblea General, que, durante el año siguiente -o sea, en este 2011-, Palestina podía llegar a solicitar el estatus de miembro pleno ante la ONU.

Para cumplir con ese pronóstico, paradójicamente, Abbas tuvo primero que romper el dique de contención estadounidense. El movimiento se fundamenta en una razón difícil de controvertir: Palestina quiere ser tratada como Estado, participar como tal en el teatro internacional y como tal sentarse a discutir sobre límites, refugiados, asentamientos y seguridad con Israel.

Aunque la pretensión palestina no tenga casi posibilidades de superar las barreras del Consejo de Seguridad (necesita nueve de los 15 votos y no se sabe si los tiene; y, aunque pudiese conseguirlos, EEUU vetaría una eventual decisión favorable), Abbas ha conseguido desestabilizar el statu quo y movilizar a la opinión pública. La operación en la ONU, además, ha robustecido su delicada posición interna y, por ende, su preeminencia sobre el grupo extremista Hamas. En el terreno las cosas siguen igual -y tal vez no cambien en el mediano plazo-, pero Abbas ha logrado un simbólico y significativo respaldo moral.

La contrapartida de ese liderazgo luminoso es la opacidad de Obama. Las esquivas vicisitudes de la Asamblea coinciden con su momento de más baja popularidad desde que asumió la Presidencia. Recesión, mercados adversos, desempleo, déficit, el Congreso opositor y preocupantes perspectivas macroeconómicas plantean graves demandas a una gestión cuestionada, también, por el escaso avance en materia de derechos humanos respecto de la administración del último Bush.

Obama aún no ha podido desmantelar el presidio de Guantánamo ni levantar las restricciones a las libertades civiles concebidas durante el apogeo de la doctrina conservadora de la guerra preventiva, y una de sus grandes empresas, la ejecución de Osama bin Laden, el cabecilla de Al Qaeda, no ha revertido el declive de su ascendencia política.

La historia detenida

El contrato épico que unió a Obama con el electorado que lo votó y el mundo que celebró su llegada al poder se ha estrellado contra los rigores de la realidad. Su Gobierno defiende la causa de Israel porque, entre otras razones, no puede permitirse disgustar a los seis millones de judíos que componen la influyente colectividad estadounidense. Demócratas y republicanos necesitan a Israel tanto como Israel los necesita a ellos: en agosto, el Gobierno pidió auxilio al primer ministro, Benjamín Netanyahu, para evitar que la mayoría de legisladores del Partido Republicano bloquee el último aporte económico de Estados Unidos a la Autoridad Palestina (U$S 50 millones), según The New York Times. El matutino ha apuntado que Netanyahu convenció a los parlamentarios con el argumento de que el dinero sería usado para entrenar a agentes de seguridad palestinos vinculados con Israel.

En la Asamblea de la ONU, Obama ha asumido la condición de intercesor apelando a un discurso que no concibe ninguna otra forma de hallar la paz en Oriente Medio que la negociación bilateral, aunque la mayoría de los 193 países que componen ese plenario esté dispuesta a reconocer al Estado Palestino por cuerda separada. Según Obama, toda intromisión de la ONU en la causa de Palestina generará más violencia y, por ello, Estados Unidos se verá obligado a vetar una potencial resolución favorable a la pretensión de Abbas.

"Es cierto que la membresía plena en las Naciones Unidas incrementará peligrosamente las expectativas palestinas en Gaza y Cisjordania, pero hay momentos en que no es posible detener la historia. En el presente, los artilugios diplomáticos y los argumentos sobre oportunidad y conveniencia sirven de poco, especialmente después de que Estados Unidos ha celebrado las recientes demostraciones democráticas de los pueblos de Túnez, Egipto, Libia y Siria", apunta el ensayista y editor británico Henry Porter, en una columna publicada en el diario The Guardian.

La debilidad interna recorta el vuelo internacional de Obama. La mínima concesión a Palestina puede acarrear una ventaja para el Partido Republicano que, desde hace un par de meses, fantasea con la posibilidad de arrebatar la Casa Blanca a los demócratas en las elecciones de 2012. Es decir, capitalizar la desilusión y el desencanto vigentes, y el malestar que previsiblemente sobrevendrá cuando el Gobierno, obligado por la crisis, ejecute los anunciados planes de reducción del gasto público en materias tan sensibles como salud y seguridad social.